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>Cuando escribí sobre Orion

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>Cuando escribí sobre Orion

>Comprarme una mascota me hizo sentir cómo de 60 años. Es la típica reacción de alguien que comienza a sentirse muy solo. Dicen que hacen compañía. Que uno puede llegar del trabajo de mal humor, pero ellos siempre te esperan con la misma emoción. Decidí probar las teorías.

Me miró desde su jaula como el gato de la película animada Shrek. Sentía que me quería decir: “Sácame de éste infierno. Sálvame”. La verdad es que lucía tan solo y condenado como yo.

Nunca he entendido cómo calcular la vida de un animal, pero éste aún parecía demasiado joven. Se percató quizá de mi intención de tener algún acercamiento. Su instinto animal le advirtió que era el elegido.

Brincó. Estremeció cada bello grisáceo que lo cubría. Me acerqué lo más que pude a la angosta jaula que lo hacía infeliz. Se posó junto a mi mano y la acarició con su rosada y fría nariz. Habíamos hecho la conexión.

¡Hola Orion! Lo llamé. Creo que le gustó porque ronroneó con complacencia. El pequeño y rechoncho vendedor quitó el pesado candado que lo hacía prisionero. La jaula finalmente se abrió, al igual que las pupilas de aquel animal.

Orion, con una elegancia característica saltó hacia mis brazos y miró con desdén al pequeño vendedor. Sus ojos grises hacían juego con el color de su pelaje. Gris como el plomo. Gris como los días lluviosos.

Su larga cola me abrazó. Su pequeño y débil corazón latía con gran velocidad. Me dí cuenta que el mío también.

Ése día resultó ser el comienzo de una relación fiel y duradera. Como de quienes se aman y no se reprochan las diferencias. La teoría fue cierta. Él siempre espera verme llegar. Yo siempre me alegré de no sentirme tan sola. Cada uno cumplió su papel de hacernos buena compañía. Nos salvamos mutuamente de nuestro propio infierno.

Fotografía: El “Gato con botas” de Shrek.

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