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Cuentos inconclusos, primera parte

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Cuentos inconclusos, primera parte

Peter y Elizabeth salieron apresurados del edificio. Tenían una cita pautada en quince minutos. Ambos estaban en medio de una ciudad caótica y congestionada.

Era la primera vez que les asignaban una investigación juntos. Por lo general, para ambos, era mucho mejor cuando trabajaban a solas. Una razón todavía más válida, para quién no soporta a su compañero asignado. Ninguno se molestó en disimular el mutuo desprecio. Ella decía que él era un patán y él, que ella era la perfecta mujer malcriada y vacía. -Estamos obligados a hacer esto juntos. No tenemos opción, así que hagamos las cosas lo más fácil posible- dijo ella mirándolo de reojo mientras cruzaban la gran plaza que bordeaba el edifico principal. Él por su parte, permaneció en silencio si desviar la mirada, como quien no escuchó sonido alguno. 

Cruzaron la calle 111 a toda prisa. Tomaron el primer taxi que visualizaron desocupado. El señor que conducía tenía la piel tostada y juvenil. Sus grandes ojos negros se iluminaron cuando visualizó a quienes serían sus primeros clientes del día.

-¿A dónde los llevo?- Le preguntó el taxista dejando su acento extranjero al descubierto.
-A la Gran Avenida Rossen- contentó Elizabeth.

El taxi sólo adelantaba algunos metros cada tantos minutos. Las avenidas lucían hoy más congestionadas que de costumbre. Elizabeth y Peter comenzaron a perder las esperanzas de llegar a tiempo.

-Mejor caminamos- sugirió Peter rompiendo el insostenible silencio.
-¿Enloqueciste?- Faltan como 20 cuadras. Nos tomará más de media hora llegar hasta allí-
-Ya vamos a empezar a discutir (…) Elizabeth, entiende, pasaremos más horas aquí sentados. Será mejor si llegamos caminando-.
-No llegaremos nunca si vamos a pie. Además, tengo tacones. Me dolerán los pies.
-¡Me vuelves loco! Sabía que trabajar contigo no terminaría en nada bueno-, respondió Peter con enojo.

El conductor del taxi los miraba con curiosidad a través del espejo retrovisor. Estaba de acuerdo con su cliente. Él también creía que llegarían más rápido si bajaban del auto, pero no se atrevió a intervenir en la acalorada discusión.

-Ok no me grites- se quejó Elizabeth.
-Si perdemos ésta cita, tú serás la única responsable. Darás la cara ante el Jefe de Redacción-, sentenció Peter.

La mujer ordenó al conductor que se detuviera. Abrió la puerta y abandonó el vehículo sin mediar palabra. Por su parte, Peter le dio algunos billetes al taxista e intentó seguirle los pasos a Elizabeth entre la multitud. Aquella soleada mañana, Peter inició su día maldiciendo su suerte.

Ella caminaba sin mirar hacia atrás. Se preguntaba si todo aquello no había sido impuesto con intención por su jefe. Él sabía que ella y Peter no se soportaban. En ése instante reconoció -por primera vez- que su compañero tenía razón: “Nada bueno saldrá de todo esto”, se dijo a sí misma.

Llegaron al punto de encuentro con quince minutos de retraso. Aquel restaurante lucía completamente lleno. No los tomó por sorpresa. Eran las 12:45 del mediodía.

-¿Nadie decidió quedarse en casa hoy?- Se preguntó Peter mientras intentaba ingresar al vestíbulo principal.
-Cierra la boca y buscalo con la mirada. Puede que se haya ido cansado de esperar.
-¿Buscarlo? Se supone que no sabemos cómo es físicamente. Dijo que lo esperáramos en el vestíbulo, junto a la entrada principal. Recuerda, debemos esperar la señal-. Contestó Peter mientras luchaba contra los cuerpos de los hambrientos clientes que esperaban ser atendidos.

Peter y Elizabeth cansados de una intensa mañana, ingresaron al restaurante más lujoso de San Agustín. Estaban a punto de conocer cara a cara, al asesino más buscado de la ciudad.

To be continue…

Fotografía: Somos Image.

 

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