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Secuestro Express

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Secuestro Express
Se le atraviesa un carro abruptamente. Varios tipos con capuchas descienden del auto que lo llevará al suplicio. Sueltan al acompañante para que, como palomita mensajera, entregue el telegrama. A partir de ése momento, su vida depende de una bolsa con billetes al portador.

Ése día tenía una cita con su hija a las 8:45. No tenía idea que a la misma hora, alguien más planeaba verlo. El primer hombre le hizo meter la cabeza entre las rodillas. El segundo, le daba instrucciones básicas de “supervivencia” al oído.

Tenía un arma fría en la sien. Le daba la sensación que aquello era como una bomba de tiempo en cuenta regresiva como “tic, tac” que iba al ritmo con su corazón. Hacia una hora, creía él, que ya no veía la luz, pero no estaba del todo seguro porque comenzaba a perder la noción de tiempo.

La entrega, según su captor, sería sencilla. Él escuchaba desde la parte de atrás del vehículo, una serie de condiciones que lo aferrarían a la vida. Aunque irónicamente, en estos casos, siempre depende de un tercero.

El sólo sentía que el carro andaba. Unas veces subia, otras bajaba. Mientras, él pensaba que no llegaría a la cita con su hija y en las veces que, tontamente, no le dijo a su esposa cuánto la amaba. Un empujón lo sacó de sus pensamientos. Habían llegado a ése destino que tanto miedo le tenía.

Su captor lo bajó, como quién baja a un ciego de un auto. Se sentía mareado, pero eso no era lo único que sentía. Había otra voz más gruesa que lo acompañó hasta el lugar que sólo recuerda porque cuando entró, sintió que faltaba el aire y la vida. Sí el “odio se respirara”, sería algo así, pensó cuando lo sentaron en el frío concreto.

La voz gruesa estaba cerca de él rezando una y otra vez. Irónicamente, le pedía a Dios que consiguieran completar la encomienda. Él también rezaba en silencio al otro extremo de la habitación, pero él le pedía a Dios que aquella sucursal del infierno terminara. Ambos, victima y victimario, hablaban con Dios en un lenguaje muy distinto.

La voz gruesa empezó a buscarle conversación. Le decía que se quedara tranquilo, porque aquello sólo era parte de una rutina que se ha convertido en algo laboral con un horario empresarial. Lo hacen varias veces al día, varias veces a la semana, muchas veces al mes. Cumplen horario, normas, cargos y responsabilidades, es una pequeña empresa en crecimiento que llegó a la ciudad para quedarse.

Ellos saben que la justicia no los alcanzará porque ella es otra víctima de un “Secuestro Express”.

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