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¿Quién dijo miedo?

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¿Quién dijo miedo?

Hoy pensaba en los miedos. En los temores que a veces de pequeños, los convertimos en gigantes que nos hacer correr despavoridas por toda la ciudad. Tengo miedos infantiles, aún tallados en el alma, como marcas inmortales que me han hecho hoy, quien soy.

Cada persona puede tener miedos muy personales que otros, no entenderían. Otros, nacen con la niñez y ésa mania paternal de crearnos temores hacia cualquier cosa que nos rodea. Es una manera errónea de proteger a los niños, pienso yo.

Aquel monstruo que llaman ‘Coco’ que te saldrá del closet, sino te portas como es debido. Te hacen temerle al médico o a cualquier ser que se le ocurra vestir una bata blanca. Uno comienza a temerle a los parques demasiados altos. A los mares demasiados profundos. Cuidado con esto, cuidado con aquello. Cuidado con todo lo que está a tu alredor porque no debes confiarte de nada ni de nadie. Es más, mejor y sales forrado con papel de pepitas para embalar, por si acaso.

Solo hay un corto período de tiempo en el que la inocencia, nos hace dejar a un lado los temores comunes. Pero a medida que crecemos, con nosotros crecen los miedos.

Y pensé en eso cuando, hace unos días, rodeada de un caos en medio de la calle, tras un aviso de incendio, había una hermosa niña sentada a un lado cómo si el único mundo que existiera fuera el de ella. Una señora gritaba y corría despavorida mientras la niña, sentada en posición de loto, sacaba de su mini cartera una muñequita con la que pretendía ponerse a jugar. Había una algarabía tremenda y ella, sin miedo ni predisposición a que moriríamos todos, le cambiaba los vestidos a la Barbie. La vi largo rato y me serené. Me quedé ahí, como atraída por ésa falta de miedo a nada.

Y la verdad es que no pasaba nada, el edificio no estaba en llamas, ni habían bomberos apuestos, sólo habían gritos de alarma por algo que ni siquiera estaba pasando. Fue ésa niña la que me hizo caer en cuenta que todo estaba bien y que no había por qué alarmarse. La vi y sentí una envidia sana. Quería ser como ella, tener su edad, su inocencia y su falta de miedo a vivir la vida.

Y bueno sí, ahora le tengo miedo a mojarme bajo la lluvia porque puede darme gripe. Miedo a conducir a una velocidad demasiado alta. Miedo al mar. Miedo a comer de más, por aquello de la figura. Miedo a las enfermedades, a la muerte. Miedo a ver partir a cada uno de mis seres queridos. Miedo a soledad, al fracaso. Miedo a levantarme un día y verme demasiado vieja en el reflejo de un espejo. Miedo a que mi tiempo se agote y no haya hecho todo lo que quería. Recuerdo a alguien muy querido que una vez me dijo: “Si permito que el miedo se apodere de mi, me paralizaré”. Si eso pasa, no habrá reacción que valga para defenderte de él.

Así podría hacer una larga lista de temores de menor a mayor grado de estupidez. Pero en aquel caos, había una niña que no le temía a nada, y decidí dejar todo a un lado por un rato para sentarme frente a ella y jugar. Ella me sonrió angelical y me extendió uno de los vestidos de su muñeca.

Imagen: Heider

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