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El Oficio Del Escritor
“Papeles inacabados, siempre inacabados. Los escritores nunca están satisfechos. Mañanas, largas tardes, noches en vela. Días enteros en las ramas. Entre la vigilia y el sueño. Obsesionados. Felices o desgraciados, pero siempre obsesionados por captar con palabras aquello que ven, que miran, que sueñan. Como si un Dios los hubiera dotado con la virtud dañina del desasosiego, o una hada les hubiera concedido el deseo temible de no ser uno, sino varios. Solo entienden el mundo si lo escriben. Sólo si inventan la realidad la comprenden”.
Con éste párrafo, parte del Prefacio del libro de Ana Ayuso, comienzo mi post de hoy. Un post para los escritores y para los jóvenes novelistas que como yo, un día nos enamoramos de éste hermoso oficio.
Hoy escogí el libro de Ana Ayuso, llamado El Oficio de Escritor, para compartir con ustedes los fragmentos más interesantes. Espero que les sirva a quienes desean montarse en éste tren sin paradas. En éste viaje encantador y tormentoso de la escritura.
El libro recopiló el testimonio de docenas de escritores que hablan de sus experiencias, en un intento por aclarar, si es que se puede hacer, los misterios que encierra ésta pasión que te seduce y te condena. La primera pregunta que respondieron los escritores en el libro de Ana Ayuso fue: ¿Por qué escribes?
“Me parece posible, y quizá deseable, que yo sea la única persona en ésta sala que haya cometido la locura de escribir una novela (…) ¿Qué demonio me habló al oído y me impulsó a seguir el camino de mi perdición? Una menuda figura de hombre o de una mujer que me dijo: ‘Me llamo Brown. Atrápame si puedes’. A la mayoría de los novelistas les pasa lo mismo (…) Y así, persiguiendo a éste fuego fatuo, avanzan volumen tras volumen, empleando en ellos los mejores años de su vida”. Dijo Virginia Woolf.
Algunos escriben para escapar de la realidad. Para escapar de ellos mismos. Otros no le consiguen sentido al mundo sino lo escriben. No son felices. Para otros es como una droga que los lleva a la perdición, pero de la cual, no se pueden despegar. Para mi es un poco de todo eso. En lo personal, puedo pasar quizá una semana sin escribir, al octavo día, comienzo a sudar frío.
¿De dónde nacen las historias? De todos lados. Un buen escritor mantiene no sólo los ojos bien abiertos, sino todos sus sentidos. Incluso, cuando se duerme. Ana Ayuso recopiló varios testimonios en los que se descubre que desde la propia experiencia personal, nacen cientos de historias. Es verdad, toda historia tiene un fragmento autobiográfico. Una idea puede nacer de una imagen cualquiera. De un recuerdo de la niñez. De un hombre esperando un bus en la parada. Si no me crees, sólo mira tu alrededor.
William Burroughs lo expresa así: “La mayoría de las personas no ven lo que sucede a su alrededor. Este es mi mensaje principal para los escritores: por el amor de Dios, mantengan los ojos bien abiertos”.
El libro entre otras cosas, habla del oficio, de la inspiración que muchos llaman musa. De ésa relación con la “soledad” y de los días en blanco. Todos los grandes escritores pasaron en algún momento por una etapa de bloqueo donde no sabían qué escribir.
“Todos los escritores sufren alguna vez del ‘bloqueo’, temporadas en las que de pronto pierden el contacto con la escritura. Muchos cuentan que después de éstas épocas baldías uno tiene que comenzar de nuevo, como si fuese la primera vez que se pone a escribir”. Superar estas etapas, “parece tener que ver con la manera de enfrentarse a la escritura”. Cada escritor en particular tendrá su táctica para salir ilesos de estos horribles momentos. En mi caso, cuando atravesé por una, comencé a sentir miedo de la página en blanco que había en mi ordenador. Pensé que nunca más sería capaz de escribir una línea.
Hay un capítulo con 25 consejos para los jóvenes escritores. “Escribe en cualquier momento. Lleven una libreta para tomar apuntes”, decía Patricia Highsmith. Se debe además, aprender de los errores: “El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno sabe que puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. La gente sólo aprende a través del error”, aconsejó Wiliam Faulkner. Incluso, agrego, no hay que temerle al fracaso.
“Cuando tengas algo que decir dilo, cuando no también. Escribe siempre”, está dentro del Decálogo del escritor que dio Augusto Monterroso. “Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas dudas, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor”.
García Márquez dice “escribir es el trabajo más solitario del mundo” y es verdad.












